lunes, 12 de octubre de 2015

LA RECONSTRUCCIÓN DE ESPAÑA

Las tensiones separatistas acentuadas por los partidos tradicionalmente nacionalistas moderados, el auge del chavismo y sus movimientos afines, especialmente anarquistas y estalinistas; la sensación generalizada de que todo es objeto de burla: la Constitución, la monarquía, la Virgen del Pilar, la bandera; todos éstos son síntomas de una enfermedad grave pero que no nos resulta nueva. Corrupción política existe desde que el duque de Lerma se llevó la capital de Madrid a Valladolid en 1601 después de haber comprado todos los edificios y territorios de la ciudad del Pisuerga convirtiéndose en el hombre mas rico de España, y seguramente nunca ha sido tan diminuta como ahora; y no con eso pretendo disculparla. La historia de las naciones están salpicadas de hechos desafortunados o luctuosos que marcan su devenir. Napoleón estuvo a unas pocas horas de ganar Waterloo; Fernando VII podría haber muerto de regreso a España jugando a la pelota como su tatarabuelo el Hermoso; la flota española podría haber salido de Cuba a tiempo. Como nos enseña la física una pequeña fuerza aplicada a un elemento en movimiento puede ocasionar un gran desplazamiento y llevarnos al desastre. 

Para nuestra historia reciente, los atentados del 11 de marzo de 2004, marcaron más allá del dolor producido a las víctimas y sus familiares, un efecto de desplazamiento de la corriente por la que España se venía desarrollando en paz y crecimiento desde 1978. Se generó un ambiente de enfrentamiento entre españoles, aquellos que habían propiciado el atentando como si fuera España culpable más que víctima y los que se habían manifestado contra la guerra; la llegada al poder de un gobierno cuyo liderazgo cuestiona conceptos básicos como la unidad de España y que apenas se había mostrado respetuoso con los símbolos de nuestra nación y de otras amigas, abrió la caja de Pandora. Algunos medios de comunicación descubrieron que resultaba mas productivo y lucrativo dar voz a los exabruptos y se crecieron económicamente a la par que su desapego por los valores nacionales y culturales españoles se acentuaba. Un gobierno que para mantener el poder no duda en pactar con los separatistas catalanes, lo que hace es legitimar el soberanismo, y además desde Madrid. 

La crisis económica a la que nos llevó el partido socialista por el retraso doloso en las medidas de recuperación para afianzarse en las elecciones de 2008, fue manejada de una forma tendenciosa por los partidos y los medios de comunicación, haciendo ver que el culpable de los cinco millones de parados era el gobierno de Rajoy. La crítica desde algunos medios cercanos al Partido Popular por no cumplir su programa fue mucho más acentuada que las de 1996 cuando el PP tuvo que renunciar a casi todo su programa para limpiar lo que había debajo de la alfombra y alcanzar un acuerdo con los nacionalistas, que llevó a Arzalluz a afirmar que había conseguido en catorce días con Aznar más que en trece años con Felipe González. 

El gobierno sensible a esta crítica y con un deficiente liderazgo que ha basado su éxito en el crecimiento económico y en la reducción del paro, sin contar que la sociedad ya no se cree lo que dicen las encuestas y las estadísticas sino lo que oyen de forma reiterada en los medios. Los logros que consiga el gobierno ya no se determinantes, pesan mucho más las faltas, que objetivamente distan mucho de los aciertos, pero cuando se tiene a casi todo el mundo en contra, es más fácil ser criticado que alabado. El goteo de desgracias y casos de corrupción acontecidos con un tempo perfecto han producido un desgaste enorme en el gobierno que no ha sabido como contrarrestar.

Nadie tiene en cuenta la realidad; y valga como ejemplo Artur Mas que convoca unas elecciones como plebiscitarias, las pierde y continua en su deriva, seguro de que las fuerzas no independentistas no se van a movilizar; ni van a salir a la calle, atemorizadas por las hordas radicales. 

Ante estas próximas elecciones, España corre un serio riesgo, como no había acontecido desde las elecciones en la segunda república. España va camino de una deriva peligrosa especialmente si la izquierda con su indefinición ideológica y política, con un ansia de revanchismo y de lucha de clases desconocida desde los años treinta, alcanza el gobierno. El camino más seguro para la desmembración de España y el regreso a la recesión es el regreso del zapaterismo aliado con el extremismo. Nadie que quiera profundizar en la democracia, en la unidad de España y en la libertad económica puede hacer parte de semejante alianza.  Existen grandes líderes en el partido socialista que deseo devuelvan al PSOE a ser el gran partido nacional que ganó las elecciones de 1982; porque si no será Ciudadanos quien ocupe el espacio de donde nunca debió salir.

Mariano Rajoy ha cometido a mi juicio tres grandes errores; y ninguno de ellos tiene que ver con el cumplimiento o no de su programa electoral; esto es algo que se perdona con bastante asiduidad e democracia. El más grave, pensar que podría controlar el impacto mediático de los casos de corrupción que afectan a su partido de manera que no serían necesarias medidas extremas como su propia dimisión para salvar al partido. La gestión de esta cuestión ha sido nefasta teniendo en cuenta que la mayoría de los medios están en la oposición, y los pocos defensores tertulianos y periodistas tienen que batirse el cobre en la Sexta para defender al gobierno en la mejor versión de “En tierra hostil".

El segundo error es no haber impulsado un medio de comunicación líder afín al partido popular; ha dejado en manos extranjeras de dudoso control y con grandes connivencias con la izquierda la creación de la opinión pública mientras que los medios afines pecan de excesivo amarillismo. Las cadenas afines resultan patéticas, con todo el respeto, pero el apoyo al gobierno desde hacerse con inteligencia y menos apología de lo que a veces resulta indefendible.

El tercer gran error es haber nombrado un gobierno de burócratas muy distantes del votante y sin apenas impulso político. Parecen una cohorte de registradores de la propiedad, vestidos de negro y sin apenas ser capaces de transmitir ilusión alguna, dejando ese cometido a un líder sin carisma: a un excelente ministro.

Ahora con las elecciones a dos meses vista, el margen de maniobra es nulo. Ni Rajoy bailando la Macarena con Los del Río podrían cambiar el desastre electoral para el PP que aspira a ser la fuerza más votada para poder mantenerse en el gobierno apoyado por Ciudadanos como mal menor. ¿Pretende Rajoy hacer en minoría lo que no hizo con una holgada mayoría absoluta?. Quizás sea éste  el revulsivo que necesita para hacer las reformas necesarias.

Pero la cuestión más inquietante es si esta España en decadencia tiene remedio, si podemos reconstruir los principios básicos, o mínimos de una convivencia en común, en prosperidad y con unas instituciones democráticas más reforzadas. La respuesta es claramente afirmativa; un gobierno fuerte en Madrid con unas bases sólidas estará en condiciones acometer las reformas necesarias y por otra parte imponer el cumplimiento de la ley. No hacen falta grandes modificaciones legales, ni retocar la Constitución, pero si por cuestión de marketing es recomendable, tampoco pasaría nada. A mi juicio estas líneas básicas serían:

El próximo gobierno debe ser implacable en la imposición y cumplimiento de la ley. Los españoles deben temer no cumplir la ley porque la reacción de las instituciones será rápida y contundente. En este país se ha perdido el miedo a delinquir, especialmente en los políticos, y ésta es la primera medida que el nuevo gobierno debe acometer. El gobierno tiene medios legales e institucionales para que la ley se cumpla; debe usarlos con moderación pero una vez puestos en marcha sin vacilación. Una ley que no puede ser ajena a la realidad y a las distintas sensibilidades que concurren en en el estado español, pero que no puede plegarse ni siquiera a los dictados de una mayoría. No hay peor dictadura que la que se apoya en la mayoria del parlamento o de los votos para incumplir la ley y violar los derechos de las minorías o de la oposición.

El gobierno debe ser tremendamente exigente en la lucha contra la corrupción. Una gran parte de la sociedad española tiene grandes dificultades económicas y son muchos los cargos públicos, algunos con posiciones muy relevantes en el pasado que se han dedicado a saquear las arcas públicas apropiándose del dinero de todos los españoles, especialmente de los que tienen más necesidades. Un politico corrupto roba al pobre para dárselo al rico o sea a si mismo. Esta es la mayor amenaza a la democracia y a la estabilidad política; más que el separatismo y el terrorismo, porque estos al menos nos unen contra el mal. Las complicidades con los corruptos han sido terribles para nuestro sistema democrático, y las ha habido en todos los partidos, aunque todos pretenden olvidarlas cuando acusan al de enfrente.

El tercer elemento clave es acortar el distanciamiento que la población siente respecto de la clase política; se ha perdido la cercanía y la ilusión por la política. Ya nadie quiere ir al ágora a aportar ideas sino a quemarla o ocuparla, y así cayó la democracia clásica. Nadie entiende qué hacen los partidos, cómo eligen a sus candidatos; los representantes apenas se representan a si mismos. Las listas abiertas son tan manipulables como los subastas públicas, quizás sean una alternativa mejor pero insuficiente. Un sistema de elección con representación directa por distritos cambiaría de forma radical nuestra visión de la democracia. Se trata de construir los partidos bottom up; desde la base y no desde la cabeza. Si para algo se quiere modificar la Constitución que sea para establecer un sistema de elección directa. Para los partidos ya les quedaría el Senado que puede tener un carácter territorial, formado por representantes elegidos en las comunidades autónomas.

Un cuarto aspecto debe ser el reforzamiento de las instituciones. La independencia del poder judicial y de la fiscalía; un Tribunal Constitucional profesional e independiente que interprete y no legisle; un Tribunal de Cuentas y un Defensor del Pueblo que renazcan de sus cenizas, ya que parecen haber desaparecido y el fortalecimiento de la corona como institución al servicio del estado y los ciudadanos, elemento básico e indispensable de nuestro futuro político

En la próxima legislatura un gobierno de Ciudadanos y PP debería tener como guía terminar la legislatura con un cambio radical en estos cuatro vértices. Lo demás es gestión y para esto si tenemos personas capacitadas e ideas no faltan. Pero es el momento de los grandes políticos y no de los que vociferan o mascullan.






No hay comentarios: