martes, 17 de noviembre de 2015

POR QUÉ LO LLAMAN ALÁ CUANDO QUIEREN DECIR ODIO


Canalizar el odio siempre ha sido el principal objetivo de los grandes criminales de la historia de la humanidad, pero también en menor escala es usado a diario para conseguir objetivos estratégicos y políticos. Esta constante labor ha requerido de justificaciones con bases muy sólidas que tuvieran escasa contestación y que resultaran convincentes especialmente controlando los medios de comunicación y atacando el pluralismo.

Mahoma y sus sucesores iniciaron su expansión geográfica sobre la base de la superioridad de su religión sobre la de los demás con el fin de imponerla ya que no es una religión que tolere la competencia. En el fondo se trató de una ambición territorial con una componente religiosa, no muy diferente de la conquista de América.

Los cristianos organizaron las cruzadas para imponer el cristianismo sobre las demás religiones porque pecaban de la misma intolerancia. Y así se ha ido escribiendo la historia de la humanidad a base de llevar la espada en una mano y el libro sagrado en la otra. Pero existe la evolución y Europa gracias a la Ilustración y a la Revolución Francesa entendió que el hombre es el centro del mundo y el respeto a sus derechos y a su libertad la máxima que debe guiar el comportamiento de todos. Hasta la iglesia cristiana tuvo que regresar al mensaje original que abandonó durante siglos siendo ahora un adalid de la defensa del hombre y de su libertad. El Islam no ha tenido una evolución similar quizás por la prevalencia tribal y por la ligazón de interés todavía no superada entre religión y poder. En el Islam no hay autoridad política sin la religiosa.



La religión ha sido el instrumento del poder durante siglos; incluso cuando han surgido divergencias o facciones a su interior, siempre existían detrás motivos políticos. El protestantismo nace por el deseo de los príncipes alemanes de oponerse al emperador y al papado; no digamos la religión anglicana para justificar el apetito de poder de Ana Bolena y sexual de Enrique VIII. Lo mismo ocurre en el Islam, con la separación entre el chiísmo y los sunnitas, que tiene como base las luchas de poder de hace mil cuatrocientos años alimentadas durante siglos por el interés en desmarcarse de unos supuestos enemigos.

El terrorismo yihadista se ha convertido en un concepto que no se creen salvo aquellos a los que les comen la cabeza; los que les forman y les convencen no tienen ningún fervor religioso, aunque seguro que van a la mezquita y rezan con gran pasión, como debía hacer Torquemada escuchando misa diaria. No matan por Alá, asesinan por el odio que acumulan y por la ambición de los dirigentes que mandan a la inmolación a los incautos que sacan de las cloacas de Europa, mientras ellos viven en suntuosas casas, abusan de sus mujeres y pretenden someter a su autoridad a todos cuantos les rodean; en definitiva pura ambición de poder.  Los jenízaros son la prueba palpable de este proceder.

Si los terroristas fueran personas ultrarreligiosas o clérigos, podríamos encontrar una  motivación religiosa en su acción; pero la gran mayoría son delincuentes, muy alejados de Dios, personas inadaptadas; en definitiva hombres y mujeres que acumulan un gran odio por su infelicidad. Los culpables somos el resto de la sociedad que no reconocemos sus méritos y que no estamos dispuestos a aceptar su lenguaje amenazante ni su filosofía de destrucción. El Corán es la excusa pero su objetivo es destruir porque odian a Occidente; odian nuestro modo de vida; odian a los que son diferentes.  Y odian porque tienen miedo a reconocerse como perdedores y por eso buscan la publicidad de sus actos, la crueldad, para reivindicarse. No soportan la diversidad porque no saben sobrevivirla. Sus inductores ofrecen el paraíso a quienes sienten que no han tenido nada y que todo es culpa de la sociedad en la que viven sin convivir y es muy difícil negarse si no se tienen las neuronas bien ubicadas y además se hace en el nombre de su Dios.

Pero detrás del odio están los directores, los expertos manipuladores, los ambiciosos. Los que utilizan el odio para conseguir sus objetivos políticos, en definitiva lo que ansían es el poder. Sadam Hussein, Al Baghdadi, Bin Laden, Al Zarqawi, son líderes que ansiaron el poder y que descubrieron en la religión el argumento perfecto para conseguir que niños y jóvenes desearan morir matando para ganar el cielo para que ellos que no se arriesgan y viven con sus mujeres ocultos satisfagan sus ambiciones. Hay que tener un coeficiente intelectual muy pequeño y un odio muy grande para creerse semejante estupidez. O sea que Dios que sólo es uno, el mismo para todos, le hace ganar el cielo al que mata a otro hijo del mismo Dios solo porque no sigue sus principios, por ser un infiel. Pues están equivocados, no se van a ganar el cielo de esa manera y esperaría que todos los días en todas las mezquitas del mundo se repitiera el mismo mensaje. Todos somos hijos del mismo Dios y ya vendrá a juzgarnos el que sabe, el auténtico; y no cualquier mindundi, delincuente inadaptado, traficante de drogas o clérigo pega mujeres.

Pues yo digo que Alá será muy grande, pero que estos terroristas hacen que parezca pequeño y débil, como si necesitara su Dios de la mano de estos asesinos para impartir su mensaje. Alá es grande porque la mayoría de sus fieles son personas buenas, son ellos los que más interés deben tener en acabar con los supuestos yihadistas por dañar a su Dios y su mensaje.

Pero pongamos las cosas por su nombre. El odio es el mayor mal que aqueja a la humanidad desde que Caín se mosqueó con Abel por el trato recibido de Yahvé. El odio es inevitable, está en nuestro cerebro. Lo cierto es que el odio que acumulan los palestinos que ven como los judíos destruyen sus casas y matan a sus padres y viceversa; o como los sunitas se ven masacrados por los chiítas y viceversa y tanta situación trágica que muchos seres humanos deben soportar puede estar justificado en su micro cosmos. Pero los que organizan a los grupos terroristas tienen la mente fría; saben usar su poder de convicción y su ascendencia hasta conseguir que una mujer embarazada se ponga un chaleco explosivo e inmolarse. El odio que acumulan y que se azuza con más odio es el que lleva a cometer crímenes execrables de una violencia inusitada. Fue el mismo germen de odio contra los judíos que Hitler inyectó en el pueblo alemán; el mismo que los bolcheviques metieron a los indigentes en Rusia para proceder a los grandes exterminios de los años veinte. Los mismos odios que produjeron las guerras religiosas en Europa o las matanzas en India, Pakistán, Camboya. Pero ¿Quién puede pensar que para acabar con este odio debemos empatizar con Hitler o con los jemeres rojos?

Luchar contra el odio es tarea imposible, como lo sería hacerlo contra el amor o la felicidad; siempre existirá y vivirá con nosotros. Tampoco podemos considerarnos responsables de los actos que cometen los que nos odian, ya que el mal que padecen no es producto de una acción deliberada del resto de la comunidad. Tenemos el derecho a defendernos de los que nos odian y quieren destruirnos, pero debemos una vez más tener claro que nuestros principales enemigos son los manipuladores, los imanes que aplauden la violencia contra las mujeres seguramente para satisfacer sus instintos y los que animan y justifican la violencia, son los que pretenden un beneficio económico encendiendo la llama de la violencia, pero también los intransigentes que sólo quieren los beneficios de la sociedad occidental pero ninguna de sus cargas y los que no aceptan la diferencia moral, religiosa o ideológica. Son distintos niveles de enemigos, y la lucha contra cada uno de ellos requiere de diferentes instrumentos pero contra todos debemos imponer nuestros principios. La libertad y la democracia no nos hacen débiles, pero sí la cobardía y el miedo. La democracia y la libertad no desmerecen cuando utilizan la violencia legítima para defenderse, es más, es obligación de los demócratas defender nuestros valores y nuestro modo de vida, porque si hubiera límites a la defensa de la libertad, entonces los límites serían más importantes. Cuando el ataque es bélico, la respuesta legítima y obligada debe ser de la misma naturaleza.

Hay mucha labor que hacer en las comunidades islámicas en Europa, que debe ser sobre todo asumida por sus líderes, Tienen esta obligación con todos los que los hemos acogido cuando han dejado sus países de origen buscando una oportunidad para salir adelante. A nadie se le obliga a quedarse en Europa, por lo que no pueden odiarnos por el trato injusto que algunos creen recibir, ya que siempre podían regresar. Pero los refugiados sirios solo aspiran llegar a esta terrible Europa; no quieren volver la vista atrás para no convertirse en estatua de sal.

El odio existe en la sociedad, lo vemos en las caras de muchas de las personas que nos atacan; entre los que los comprenden y los vitorean, pero no tienen justificación; deben saber que su odio es la semilla que otros a los que deberían odiar, utilizan para conseguir sus fines que no son una vida mejor para ellos, porque eso nadie va a regalárselo, sino una muerte peor. Pues aunque sea por las dudas, mejor que se dediquen a vivir y a prosperar honradamente, no vaya a ser que luego les digan que estaban equivocados y acaben en el infierno con sus víctimas.





No hay comentarios: