viernes, 23 de septiembre de 2016

DEL DEBATE ENTRE HILLARY Y TRUMP A LA DEBACLE DEMÓCRATA


El próximo lunes veintiséis tendrá lugar el primer debate presidencial entre los dos principales candidatos a la Casa Blanca, Donald Trump y Hillary Clinton, y según todas las predicciones tendrá una audiencia cercana a los 112 millones de personas que vieron la última Super Bowl, comparado con los apenas 68 millones que vieron el debate entre Romney y Obama. De los 148 millones de votantes registrados, más del 75% verá el debate, de manera que cualquier mínimo error o acierto no quedará oculto a los ojos del votante norteamericano.

Hace unos pocos días en la Vegas, la candidata demócrata inquiría a su auditorio ¿Cómo es posible que a estas alturas de campaña no estemos cincuenta puntos por delante? En una clara actitud de desprecio a su rival del que llegó a decir que no era presidenciable.

Lo cierto es que Hillary llega a un debate que va a ser crucial y en el que los temas claves serán hacia dónde va America y su seguridad, con apenas unos pocos votos electorales de ventaja. A pesar de que en Europa tenemos la sensación de que comparamos a un estúpido engreído y autoritario con una educada y experimentada señora del Este, los americanos que son los que votan tienen una visión muy diferente. Si descontamos los estados donde los porcentajes de voto están tan cercanos que impiden determinar quién puede ganar, la candidata demócrata estaría por ligeramente por delante, pero hay estados que en los últimos años votaron claramente demócratas que hoy están empatados. Entre ellos los decisivos de Florida, Ohio, Pensilvania, Michigan y Colorado. Si tomamos las encuestas sin contar con los empates teóricos por haber menos de dos puntos de diferencia, el margen de victoria de Hillary sobre Trump se reduce a 6 votos electorales (272 vs 266); sin duda no es el mejor escenario para ir a un debate contra un candidato impredecible como es Donald Trump. Es cierto que Hillary ha hecho muchos debates en su vida y Trump casi ninguno, pero este hecho es el más vulnerable para Hillary. Trump tiene poco que perder pero mucho que ganar y con este activo irá al debate con un aspecto mas presidenciable pero sin abandonar los tics que han hecho que esta campaña haya sido una de las más seguidas de las últimas décadas.


Para comprender esta situación también hay que fijarse en el resto de elecciones que se celebrarán en noviembre. Según todas las encuestas los republicanos tendrán mayoría absoluta en el Congreso y en el Senado y después de las próximas elecciones a gobernador, regirán 33 estados frente a 16 demócratas. El electorado de forma mayoritaria está más cerca de los republicanos que de los demócratas y a mi juicio existen varias razones que lo explican.

La generación del milenio votó en 2008 y 2012 en contra de John Mc Cain y Hillary Clinton esperando cambiar el mundo como la canción de John Mayer que acompañó la compaña de Obama decía, pero el mundo ni ha cambiado y si lo ha hecho ha sido a peor. Obama representaba unos valores que movilizaron a una generación de votantes y a las minorías que no habían sido grandes partícipes en los procesos electorales; los mismos que se quedarán en casa o votarán a Trump desilusionados ante un candidato demócrata que representa el inmovilismo, justo lo contrario que supuso Obama en su momento.

Una generación que en estos ocho años ha visto como la deuda que tendrán que pagar ellos se incrementó en nueve trillones, un regalo envenenado que tendrán que abonar con unos ingresos cada vez más escasos y con un gobierno que no podrá atender las necesidades de amplias capas de población por una política de gasto público desbordada, financiada con el recurso de imprimir más moneda en una especie de ilusión monetaria que tendrá sus consecuencias en el medio plazo.

Muchos de los votantes tradicionales demócratas, clase trabajadora, sindicada sin formación ha visto como desde que Bill Clinton llegó a la Casa Blanca sus ingresos reales se han reducido mientras que la fortuna de los Clinton se estima en 200 millones de dólares procedentes en gran parte de aportaciones a su fundación de empresarios y países beneficiados por sus políticas, frente a un Trump que no ha recibido nunca una subvención y ha creado miles de puestos de trabajo. Esta elección es el debate entre la política tradicional y el sueño americano, tosco, pero efectivo.

Hillary Clinton tiene además una fuga importante por su izquierda. Los partidos independientes se mantienen fuertes en las encuestas, entre  Gary Johnson y Jill Stein del partido verde tienen alrededor de un diez por ciento de estimación de voto, que en muchos estados pueden ser decisivos, especialmente en Colorado, Ohio y Pensilvania. Estos votantes a la izquierda y derecha de Clinton se nutren de todos aquéllos que votaron por Sanders y que no se ven reflejados en Hillary por pertenecer a una clase dominante, por su falta de honestidad en el asunto de los correos y sobre todo por ser un representante de Nueva York, el estado menos americano de Estados Unidos. Hillary pierde votos por su izquierda y no los gana por la derecha, especialmente después de señalar durante los debates demócratas que los republicanos son sus enemigos. Muchos republicanos seguramente no se siente identificados con Trump pero no por ello van a votar a quien les ha acusado de ser los culpables de todos los males; el voto centrista republicano se quedarán en casa o votarán a Trump aunque solo sea para terminar con la dinastía Clinton, con quien tienen una deuda pendiente moral desde el caso Lewinsky. Como señalaba un ejecutivo de Wall Street el otro día en televisión “ yo soy uno de los 40 millones que se despertará al día siguiente de la elección preguntándose ¿En qué estaría pensando para votar a Trump?”

Incluso el principal activo de Hillary Clinton que es su supuesta experiencia está también en cuestión. Según una ultima encuesta de la NBC, un 36% de los consultados respondieron que el punto más débil de Clinton era su gestión en las crisis de Siria, Irak y Libia, mientras que para el 29% era el uso indebido de su correo electrónico. El hecho que en esta larga campaña en ningún momento haya conseguido superar la barrera de los ocho puntos de distancia, y ahora con apenas tres puntos, demuestra que no ha sabido sacar rédito de los tremendos y burdos errores de su rival. Pero además no olvidemos que en Estados Unidos se puede ser presidente con menos votos, dependiendo de en qué estados se gane o se pierda y el balance de votos electorales beneficia a Trump al vencer en estados con menor población.

Lo cierto también y en eso coinciden todos los analistas, las encuestas este año presentan circunstancias nuevas. La gente no suele expresarse abiertamente por Trump para no se acusado de islamófobo, racista, homófobo o estúpido, pero lo cierto es que todos los encuestadores indican que este año las encuestas podrían equivocarse de forma muy significativa. En términos de cambio, señala Peter Hart, experto en estas cuestiones y demócrata Obama y Trump son candidatos del siglo XXI, mientras Hillary es vista como el retroceso, algo que los demócratas no se pueden permitir.

Lo novedoso de estas elecciones es que la clase alta votará por los demócratas mayoritariamente y la clase media y baja por Trump; las minorías votarán en masa por Clinton, pero no serán movilizadas de igual manera que en 2008 por una candidata que dista una eternidad de lo que significó Obama.

De cara al debate ¿Cuál es el principal activo de Trump?; que a los americanos les gusta decir lo que piensan fuera de la caja y Trump vive eternamente fuera de la caja mientras Hillary es la caja misma. Y esto es lo que puede convertir el debate del próximo lunes en una debacle para los demócratas. Frente a la refinada Hillary, los exabruptos de Trump con sus mensajes facilones y con unos eslóganes que llegan a una gran masa de americanos, que aquí despectivamente tratamos como Homero Simpson, pero que representan la esencia del espíritu que ha hecho de Estados Unidos el líder del mundo en los últimos setenta años, pueden terminar con Hillary muy tocada. Puede haber un antes y un después en la política y la historia de Estados Unidos tras el primer debate. Hasta las bolsas ya estaban descontando hoy una victoria de Trump, con ligeras caídas, mostrando que el capital teme al que en otro tiempo fue uno de sus exponentes más relevantes.

Las diferencias en los estados claves son menos de la mitad que lo que fueron hace cuatro años; si Ohio y Florida se decantan por Trump y ahora tiene una ligera ventaja, habrá presidente republicano el próximo mes de enero. Incluso estados tradicionalmente demócratas como Maine están hoy en diferencias de unos cinco puntos cuando Obama ganó por casi veinte. La debacle electoral demócrata nos llevará a los tiempos de Ronald Reagan, criticado entonces con argumentos similares a los usados contra Trump hoy en día.

La visión que tenemos en Europa es muy diferente del sentimiento americano. Los enfrentamientos raciales que para nosotros nos recuerdan los años de la segregación, es visto por una mayoría de americanos como el resultado de las políticas de Obama, de la concesión de excesivos derechos a las minorías mientras que los americanos blancos trabajadores no disponen de esas ventajas y ven como cada año son más pobres.  El crecimiento económico de la era Obama sólo ha tenido dos beneficiarios, las grandes empresas y los funcionarios, y sobre todo los que han recibido grandes ayudas y subsidios; pero lo cierto es que el americano medio vive hoy mucho peor que hace veinte años, se siente inseguro dentro y fuera de sus fronteras y considera que el gobierno es su mayor amenaza. El mensaje para todos es claro, nunca gobiernes contra la clase media trabajadora, porque te acabarán echando, y por esta razón a poco más de un mes de las elecciones más determinantes de la historia reciente de Estados Unidos, los candidatos y sobre todo la favorita se lo juega todo a tres cartas, los tres debates electorales contra un imprevisible Donald Trump. No me gustaría estar ahora en la piel de Hillary, que tiene todos los votos para salir derrotada en los debates, dejando la elección presidencial en el aire.

Pero sea quien sea el presidente, el partido republicano a pesar de su posible incapacidad para imponer a su candidato, tendrá una mayoría en el Legislativo y en los estados; si a eso se une Trump, los republicanos dominarán Estados Unidos como no lo habían hecho desde los tiempos de Warren Harding, y los demás deberemos pensar en remar con fuerza porque frente a Putin y los extremismos vamos a tener que poner mucha más carne en el asador para garantizarnos nuestra seguridad y desarrollo económico, porque a Trump no le vamos a engañar con nuestra solidaridad gratuita.



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