domingo, 11 de septiembre de 2016

QUE FEM AMB CATALUNYA

Y como todos los años llegó el Día Nacional de Cataluña; una ingente cantidad en las calles demandando independencia impulsada, financiada y aplaudida por las instituciones catalanas, que se colocan por primera vez en un desafío al estado que tiene su definición en el Código penal, entre los delitos más graves que se pueden cometer. Que el gobierno de Cataluña genere y utilice a las masa para desafiar al Estado es el hecho más grave desde la Declaración de Independencia de 1933. Las instituciones autónomas catalanas lo son porque son españolas, y por tanto nueden rebelarse contra la fuente de su legitimidad.

Pero siempre hay personas dispuestas a torcer los hechos, las leyes y la historia hasta el punto de que converjan con los intereses particulares y arrogarse una legitimidad distinta, propia que han obtenido por la aplicación de la Constitución Española. La realidad es que con el movimiento nada imprevisible de la marca de Podemos en Cataluña, absolutamente necesario para que la próxima presidenta de Cataluña sea Ada Colau con el apoyo de las CUP y la Ezquerra, una vez sepultados políticamente el partido sin nombre y el PSC, –salvo que decida subirse al carro del independentismo radical, lo que tampoco sería una sorpresa, –no solo nos encontramos con un independentismo más radical, sino también con un movimiento mucho más lesivo para los intereses de los catalanes y sobre todo de los que no piensan conforme a las directrices de la Asamblea Nacional de Cataluña.


La realidad es que la sociedad catalana está fracturada por la mitad, y solamente este hecho debería ser suficiente para que el movimiento independentista no prosperase. No se puede crear un país con la mitad de la población en contra porque eso siempre termina en Guerra Civil y ahí está la historia para demostrarlo.  Pero parece que esa otra mitad liberal, burguesa, obrera, españolista no existe en Cataluña y esto ocurre por dos razones: porque es silenciada de forma antidemocrática y por tanto delictiva por el govern catalan, y porque los que deberían canalizar a esa parte importantísima de la población callan, ansiando que con más mano izquierda las cosas volverán a su cauce, pero es que que ya sólo tenemos dos manos izquierdas y no nos hemos dado cuenta todavía. 

Este es el primer gran error de los que defendemos la unidad de España. En Cataluña, Ciudadanos y el Partido Popular con los movimientos sociales y con los sindicatos están obligados a ir juntos a todas las elecciones. La amenaza es de suficiente envergadura como para dejar los tactismos de lado. Lo siguiente es combatir la propaganda separatista con iguales medios, pero esa batalla está perdida desde el momento que el gobierno español ha preferido a los medios privados tolerantes en el mejor de los casos con el separatismo, en lugar de apoyar a los que comparten una idea de una España unida en la diversidad.

El proceso catalán parece como una obra de teatro con actores inmóviles. La historia avanza mientras que los que deberían estar impidiendo su progreso son figuras inmóviles a los que parecen que el tema ni les afecta ni les interesa. Entre ellos los adalides del independentismo se mueven con soltura y arengan a sus masas mientras condenan a las otras masas que no comporten sus ideales nacionalistas. Observo atónito cómo acuden todos los representantes a la ofrenda floral a Rafael Casanovas, con sus himnos y parafernalia; se me antoja algo trasnochado, propio de los nacionalistas racistas que atribuyen a sus héroes todas las victorias como si fueran el Amadís de Gaula, pero ajeno al mundo de hoy de las redes sociales. El nacionalismo catalán es caduco, cursi, como siempre movido por la pela y aferrado a una cultura sin duda rica, pero desconocida para una gran mayoría de catalanes. Pero su historia y sufrimiento es excluyente; nadie ha sido tan maltratado, vilipendiado y atacado como el nacionalista catalán. Todo el mundo está en contra de ellos y precisamente ese es su revulsivo, unidos frente a la adversidad, y si ésta no existe, hay que inventarla con urgencia.

Pero hasta aquí el diagnóstico con más o menos consenso debería ser compartido. Pero qué hacemos con Cataluña, y quiero decir qué hacemos los españoles de dentro y de fuera que no quieren la independencia y los que sí la quieren. Negar la realidad social es acabar con una mala receta, y ante unos síntomas y un diagnóstico en el que no merece la pena extenderse ya que son miles las páginas, hay que pasar a la acción.

A mi juicio solo hay tres opciones, y ninguna tiene garantizado el éxito.

La primera es aspirar a que nada va a ocurrir. Pasarán los años y seguiremos en la misma dialéctica. Unas declaraciones y unas normas que se aprueban y luego se derogan por el Tribunal Constitucional; algunas detenciones instadas por la fiscalía de políticos prominentes que serán absueltos en cuanto deban ser enjuiciados por un tribunal catalanista que alegará que la libertad de expresión y de acción política sólo tienen como límite el robo con violencia y el asesinato. Y así iremos tirando viendo a ver quién se cansa antes. A lo mejor la próxima generación cuando perciba que el gobierno español no fue tan hostil como lo pintaban y que seguía pagando las facturas de los desmanes soberanistas, cambia de opinión y renuncia a la independencia. Esta es la opción Rajoy por ponerle un nombre.

La segunda es una reforma constitucional que permita un referéndum. Siempre hay constitucionalistas dispuestos a decir que todo cabe en la Constitucion de flexiglas, y que con una Ley Orgánica y una reforma del Estatuto podría abordarse una votación por la independencia. Una reforma de este tipo que depositara en el pueblo catalán el derecho a decidir, solo tendría un final, la independencia de Cataluña, País Vasco, Cartagena, Madrid y la Comunidad Serrana, etc etc. Quizás haya unos ilusos que crean que este proceso podría ser manejado para adecuar el resultado a los objetivos, al estilo de Lampedusa en el Gatopardo, "que algo cambie para que nada cambie”; exactamente lo mismo que pensó Kerensky. A esta opción la podemos llamar la operación Sanchéz/Iglesias.

La tercera opción sería la tradicional; ante un golpe de estado en Cataluña, suspender la autonomía, regresar a la Cataluña de 1982, y redirigir el proceso hacia un catalanismo moderado. En la historia todos estos fenómenos acabaron con un bombardeo de la ciudad del que gustaban personajes de renombre como Espartero o Primo de Rivera. Los que defienden esta opción aducen que ante un gesto de fuerza de Madrid, el catalanismo desaparecerá y las cosas por efecto del miedo y la coacción volverán a la “normalidad querida por Madrid”. Lo cierto es que ningún gobierno de Madrid va a volver a utilizar la violencia de la forma que lo hicieron Espatero, Batet o Primo, que no parece que tuvieran mucho éxito a la vista de que el problema subsiste, así que no parece que el éxito esté garantizado. A esta opción la denominaremos la opción Tardá. Nada le placería más al catalanismo radical que ser víctima de verdad y no como hasta ahora. 

¿Pero cuál es el origen del problema de estos catalanes que parecen la aldea de Asterix en medio del Imperio romano. Acaso tienen una pócima que les hace invencibles? ¿Por qué España no es como Francia o Estados Unidos, un país unido y patriota? A mi juicio hay dos razones. La primera es que nos tocó la rama blandengue y vividora de los Borbones. Felipe V ocupó Barcelona y la dejó al pairo de unos capitanes generales déspotas que se desentendieron del rey y de los locales.  A partir de ahí dos reyes locos, uno que solo dio para ser Alcalde, un Carlos IV cobarde, un Fernando VII felón, Isabel II, nacida para todo menos para ser reina y dos Alfonsos dedicados a su propio culto.Si hubiéramos tenido a Luis XIV y Napoleón en aquellos tiempos, hoy las cosas serían muy diferentes, pero el tiempo de hacer las cosas a las bravas ya pasó a la historia aunque sus efectos beneficiosos hayan permanecido.

Sin duda los Borbones del siglo XVIII tuvieron a los mejores funcionarios de la historia de España, pero apenas fueron momentos fugaces apagados por la tradicional tragedia española, esa alianza entre nobles incultos y déspotas, curas dedicados al buen yantar y a mantener su influencia política y los cortesanos aduladores y mariconcetes. Desde 1714, solo nos hemos acordado de Cataluña cuando las cosas se torcían y entonces había que desplegar todo el aparato represor. Y desde 1714 los catalanes solo se han acordado de España cuando necesitaban del gobierno de Madrid aranceles altos, suprimir derechos sociales y proteger al matonismo empresarial. Este hecho es especialmente curioso ya que los descendientes de estos burgueses son los promotores del independentismo actual.


Debemos encontrar un modelo de convivencia donde se pueda ser catalán y vasco como moradores de una nación propia, y no pienso entrar en la dialéctica de lo que significa nación, y donde los que no se sientan parte de esa nación puedan vivir como españoles. No entiendo donde está la dificultad, salvo por el hecho de que el nacionalismo es excluyente y tiene su base en la raza y la lengua milenaria. Que no se engañen los españoles que creen podrán ser ciudadanos con iguales derechos en el estado catalán; si no lo son ahora ¿Qué pueden esperar de Joan Tarda como ministro del Interior y de la CUP al mando del ministerio de justicia de Cataluña?


Podemos resolver el problema al estilo tradicional como en Siria, pero no creo que ningún bando vaya a encontrar muchos apoyos en esta tesis, así que toca sentarse y buscar fórmulas de una nueva relación entre Cataluña y el Pais Vasco y el resto de España. El soberanismo del siglo XXI tiene su base en el empuje del nacionalismo frente al inmovilismo y la complicidad del gobierno de Madrid, no en la historia ni el los juegos florales ni en Maragall ni en Iparraguirre  Este hecho tiene reversa si se hace un ejercicio de didáctica, pero no creo que vayan a ser nuestros actuales líderes los que estén en condiciones de conseguir este objetivo. 

Madrid debe llamar a Barcelona y sentarse a discutir; pero para ello hay que romper el proceso; no se puede ir a una negociación desde un chantaje, porque el estado frente a la amenaza del incumplimiento de la ley está obligado al recurso a la fuerza, ahí sí que no hay alternativa. Hay que buscar un modelo especial, el federalismo no soluciona nada porque no sirve para nada. Para Cataluña, y el ejemplo del concierto vasco podría ser un punto de partida siempre que la contrapartida sea el libre acceso a la educación en la lengua que decidan los padres en Cataluña, sería un punto de partida, lo demás es una cuestión de símbolos. La igualdad de los españoles con independencia de donde vivan es un derecho inviolable, pero a partir de ahí estoy convencido que con un profundo respeto a lo que significa Cataluña, su historia y realidad y también a la del conjunto de España, será posible encontrar un modelo de convivencia que aúne un gran consenso; sino vamos a ir a la ruptura y esto no es gratis para nadie.






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