lunes, 3 de octubre de 2016

EL RIDÍCULO DEL NOBEL DE LA PAZ

La concesión del premio  de la Paz al presidente de Colombia demuestra hasta qué punto de ridículo han llegado estos nóbel noruegos. No se si lo que pretende la comunidad internacional es forzar a Colombia a una paz que el pueblo ha manifestado no querer, o más bien premiar una ambición personal para la cual se ha montado un amplio mecanismo de propaganda al que han contribuido los medios de comunicación propios como los de grupos internacionales. No me cabe duda de que Santos ha obtenido con este reconocimiento un premio a su esfuerzo denodado por la paz, pero después del resultado del referéndum. el jurado debería haber respetado un poquito la soberanía del pueblo colombiano para decidir qué tipo de pez quieren.


Los colombianos votaron con una ligera mayoría en favor de la paz en Colombia el pasado domingo y en contra de que el mal llamado conflicto con la FARC continuara por la vía política. Gracias al resultado del mal llamado plebiscito, ya que éstos se hacen con un solo fin, ganarlos, los colombianos hoy deben sentirse más seguros y confiados en su futuro. Después de décadas de conflicto el pueblo colombiano le ha dicho No de forma mayoritaria al movimiento comunista revolucionario y Sí a Colombia. Una vez más se demuestra el craso error que es dividir a un país, a un pueblo, aunque sus fines puedan parecer atractivos, legítimos o justos. El presidente Santos no necesitaba hacer un plebiscito para poner en práctica su plan, y seguro que el resultado no le va a hacer cejar en su objetivo, para lo cual este premio le va servir de paraguas.

Para entender porqué hoy Colombia es más segura hay que comprender lo que ha ocurrido en los últimos quince años y cuáles han sido las posiciones de cada una de las partes.

Uribe llega al poder en 2002 tras el fracaso de un intento negociador de Pastrana que estaba condenado al fracaso ya que las FARC lo único que ambicionaban era poner el estado a sus pies. Todavía no eran el poder más importante en Colombia que detentaban los cárteles o más bien sus restos, y los paramilitares ya habían comenzado su estrategia de defensa frente a un gobierno incapaz de asumir sus responsabilidades. Pero en 2002 las FARC controlaban la mayor parte del territorio colombiano y se paseaban los los alrededores de las grandes ciudades. 


En el año 2002 Uribe llega a la presidencia desde Antioquía sin estar contaminado por los políticos tradicionales que rigieron durante décadas el país, con un solo objetivo acabar con las guerrillas alentado por su propio pasado familiar y por sus convicciones. En la historia de los países hay hombres providenciales, Churchill, Lincoln; en Colombia ese hombre fue y es Alvaro Uribe, con quien tuve ocasión de conversar en múltiples ocasiones desde su primer año de mandato. El presidente Uribe describía la situación a la que había llegado Colombia como la de un gato al que cada día se le van quitando unos pelos; cada día esto no parece muy grave pero llegó un momento que el gato estaba desplumado y así estaba Colombia en 2002. Las FARC tenían a tiro Bogotá y las familias no podían salir del cinturón de la capital que apenas distaba unas pocas millas del centro. Las carreteras eran intransitables y en el 80% de los pueblos de Colombia no había ninguna representación del estado, ni un juez, maestro, policía o militar. En aquel fatídico año cualquier otro presidente en Colombia habría firmado la rendición, pero Uribe creyó en su país y en su capacidad de derrotar a los enemigos.

Lo primero era devolver la confianza a los ciudadanos en el estado, y comenzó a trasladar al ejército a todos los rincones, daba igual que lo quisieran o no; se crearon grupos de voluntarios armados en cada pueblo dispuestos a defender sus casas y propiedades contra la rapiña de los guerrilleros. Hasta entonces los niños eran obligados a asesinar a sus familiares para ser secuestrados por la guerrilla para convertirlos en jenízaros. Las mujeres de la guerrilla eran prostituídas para satisfacer a los jefes guerrilleros. Si buscan el mejor antecedente del DAESH, ese son las FARC.  Lo segundo fue buscar un aliado fiable en esta guerra y el presidente Bush fue sin duda el mayor baluarte en esta guerra contra el terror. Si los jueces estaban comprados, los narcoguerrilleros eran enviados en un avión desde el Dorado a Estados Unidos; si cometían atentados, el pueblo en lugar de esconderse comenzó a salir a la calle como tras la bomba del club el Nogal en 2003, en pleno centro de Bogotá, contra los secuestros las cadenas de televisión eran un clamor por su liberación con cientos de historias desgarradoras. El presidente Uribe, para pesar de su ministra de defensa, dirigía las operaciones militares personalmente desde las cuatro de la mañana hasta medianoche comunicándose con el sargento de cualquier puesto remoto amenazado para darle órdenes y hacerle saber que su presidente estaba allí pendiente de él, y así todos y cada uno de los días. Para que los colombianos supieran que el estado no les abandonaba a su suerte, comenzó a celebrar los consejos de ministros en todos los rincones del país, sobre todo en aquellos lugares donde nunca había ido los encorbatados rolos. Uribe cambió a Colombia.

Duplicó el numero de fuerzas de seguridad y creó unas estructuras de fuerza ágiles y adaptadas a las necesidades del conflicto de la mano de un gran general como Jorge Enrique Mora. La guerrilla continuó con su esfuerzo militar gracias al soporte del gobierno de Chavez y a los cuantiosos ingresos procedentes del tráfico de drogas, pero en pocos años sufrieron un número de bajas tan elevado, que les llevó a la derrota militar. Las FARC desde el punto de vista estratégico llevan años derrotadas, su capacidad para producir una involución política es nula desde antes de la llegada de Santos al poder, pero una cosa es la victoria y otra es la seguridad.

Ante la derrota militar y ante un hecho que me destacaban siempre fuentes de la inteligencia local, el fin de las FARC comenzó cuando a consecuencia de las bajas, cada guerrillera pasó de ser esclava sexual de un guerrillero a serlo de siete, porque ahí comenzaron los conflictos en los aislados campamentos de la selva; los líderes terroristas decidieron suplir a los cárteles de la droga y aquí se les originó otra gran fuente de problemas muy típica del comunismo; los jefes ya no estaban en la selva sino en Caracas o en Suiza dirigiendo las operaciones. La única razón por la que un terrorista se sienta a negociar es porque llega a la convicción de que la lucha armada ya no sirve a su fines, y mantener tres años de negociación en la cálida Habana sólo ha servido para evitar la imagen de derrota. ¿Un grupo que es capaz de tener a un gobierno tres años sentado en una mesa cómo va a estar derrotado? Y Santos que ambicionaba ser Uribe y ser el artífice de la paz ha visto como su plan ha fracasado. Santos estaba llamado a ser el presidente de la reconstrucción, pero ésta apenas ha podido ponerse en marcha paralizada por unas interminables negociaciones.

Puedo aceptar que la derrota en las guerras civiles siempre es problemática, pero la paz contra los que han cometido crímenes de lesa humanidad y genocidio solo puede justificarse ante una situación extrema como podría haber sido negociar con Hitler la Paz en mayo de1944 pero no en abril de 1945 como quiso el Fuhrer. Los buenistas, que tanto abundan tienen a santificar palabras como diálogo, reconciliación, paz, pero no se trata de cuán importantes sean sino cuánto pagamos por ellas, y el precio en este caso era desorbitado. 

El pasado domingo Colombia ha demostrado a las FARC que no tiene miedo, que a pesar de toda la propaganda oficial, se atreve a decir que No a la imposición y Sí al diálogo pero desde la justicia, Si a la reconciliación pero tras la conciliación y la expiación de las culpas. Los otros grandes artífices de la paz en Colombia no han sido las papeletas en las urnas sino las Fuerzas militares,  por las que los colombianos tienen una mezcla de admiración y respeto. Cientos quizás miles de jóvenes colombianos dieron su vida por Colombia, otros muchos murieron de la Leishmaniosis en las selvas. Miles de ellos fueron secuestrados y torturados. ¿Si los responsables hubieran sido los paramilitares cuántos mandatarios hubieran asistido a la fanfarria de la Paz en Cartagena? Estos son los restos del siglo XX que se resiste a morir, pero los colombianos han dado una lección a todo el mundo, a los que sufren tiranías similares como sus vecinos venezolanos y a los que creen que las democracias deben ser comprensivas contra los que las atacan. 

Pero una cosa es la paz y otra es la seguridad, y todavía Colombia está muy lejos. Colombia tiene todavía muchas asignaturas pendientes y por encima de todas, las tremendas desigualdades. Si uno quiere conocer la miseria basta con que vaya a Ciénaga en la costa o a otros muchos rincones. Todavía Colombia tiene el narcotráfico que se alimenta no de la hoja de coca sino de la miseria de la gente que no percibe que el gobierno atiende sus necesidades. Lamentablemente en muchos pueblos los narcos han hecho más por sus habitantes que el estado, y mientras esto no cambie, los problemas de fondo y entre ellos la inseguridad no se resolverán. Colombia necesita un gobierno que cobre impuestos, que invierta en educación, sanidad, e infraestructuras y a estos empeños debe ponerse el gobierno de Santos. Si quieres la paz trata bien a tu pueblo y no le dejes como ocurrió durante décadas en manos de los cárteles o la guerrilla como mejor opción. 

Estoy convencido que todos los colombianos anhelan la paz, los que han votado qué Sí y que No, pero este tema es demasiado importante para convertirlo en un arma arrojadiza electoral; ahora Santos que obviamente no va a dimitir, ya que es un verbo que se conjuga mal en castellano, está llamado en primer lugar a no seguir con su hoja de ruta; está obligado a continuar aplicando la ley en todo el territorio y si debe haber una negociación, que sea para definir cuando y donde se entregan las armas y los responsables de los crímenes. Solo desde la Justicia la paz es posible. la situación de desgarro en la guerrilla cansada de luchar por nada aceptará un acuerdo basado en el perdón, la reconciliación y en la Justicia, no hay hueco para nada más en ese proceso.

Colombia ha realizado su más sonado homenaje a sus caídos y a los millones de desplazados. Le han dicho que no les olvidan ni abandonan. Ahora toca mirar hacia delante para unir a todos los colombianos en un proyecto que está por encima de las FARC y del presidente, Colombia. Estoy convencido que Santos buscaba una paz sincera, que sus negociadores hicieron un denodado esfuerzo, pero creo que equivocó el rumbo, y las urnas se lo han dicho. No se trata de volver al campo de batalla sino de llegar a un acuerdo que sea percibido como justo por los que han cumplido con la ley y han puesto las víctimas inocentes, y seguro que ese acuerdo es posible y pronto, pero nadie debe ni puede quedarse excluido de este proceso ni nadie puede utilizar este resultado pensando en otro acontecimiento distinto que la búsqueda de la paz.


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