sábado, 11 de febrero de 2017

UNDERWOOD 1926

En el salón de mi casa descansa desde hace unos días una máquina Underwood de 1926, regalo de cumpleaños para Mó, que reúne dos características esenciales en todo presente: me ha producido tanta satisfacción regalarla como seguro que a ella recibirla y porque en el fondo, para los que amamos la ficción, es casi un objeto de culto. Cada vez que la observo no puedo dejar de imaginar a los grandes escritores que plasmaron sobre la tinta negra y roja historias de guerras y amores, de aventuras, política o cuentos infantiles; Hemingway escribiendo de píe "El viejo y el mar" y Orson Wells “ Ciudadano Kane” y tantas otras grandes novelas desde Tolstoi hasta los que aún hoy se resisten a abandonar tan rudimentario elemento.

Hoy la literatura se ha convertido en un corta y pega; y los escritores son capaces de lanzar al mercado novelas del tamaño del ladrillo con una periodicidad que asusta. Es tan fácil buscar y ordenar las fuentes, obtener bibliografía, borrar y volver a comenzar, que hemos optado por la cantidad que por la calidad. 

Pero estos escritores de la Underwood eran otra cosa. Cada página era un esfuerzo intelectual y físico notable para apretar las teclas con suficiente rigor para que las letras de cada palabra quedarán impresas, cada esfuerzo iba acompañado de un fonema mental; cada letra y cada palabra se escribía al ritmo de la escasa habilidad de los novelistas para la mecanografía. Por eso las grandes novelas no podían ser largas; había que optimizar el esfuerzo y plasmar toda la experiencia y el talento en apenas unas doscientas páginas a lo sumo. Crear una historia, desarrollarla con unos personajes tan extraordinarios en tan escaso espacio sólo era posible al ritmo del teclado. Todo el mundo en la casa del escritor sabía cuando estaba en plena labor literaria; cada pulsación inundaba todas las estancias; el ruido del papel al ser arrancado de la máquina evidenciaba si había sido un éxito o un fracaso. El espaciador y el tabulador alertaban de la velocidad del escritor y la búsqueda de una nueva cinta de forma incisiva indicaba que las musas acababan de regresar.

La Underwood certificó el final de la caligrafía para gran satisfacción de los copistas que apenas eran capaces de entender la letra de los autores, aunque aún hoy muchos se resisten a abandonar la pluma o el lapicero por la cercanía que produce con el papel. Pareciera que existe una conexión física directa entre el cerebro, el brazo, la mano, la pluma y el papel; de esa manera nada escapaba al control del escritor. ¡ Pero la máquina¡, acabó con la inmediatez; al final una tecla tras otra producían un movimiento mecánico que nos era ajeno y que debía producir un profundo temor a los autores. Perdían el control de su obra ¿ Qué pensarían hoy de mi Mac?

La ralentización de la escritura permitía reflexionar, tomar aire para superar un obstáculo o para lanzarse de carrerilla para terminar un largo párrafo sin perder la compostura ni la sintaxis. El mundo avanzaba a la velocidad de la máquina de escribir de manera que los impulsos que hoy marcan nuestras vidas a través de las redes sociales,  smartphones, entonces eran largos suspiros imbuidos de meditación. Cuando el esfuerzo de escribir era tan arduo, no se podían permitir el lujo de decir idioteces o insultos gratuitos; la economía del esfuerzo literario fue el gran aliado de la gran literatura del siglo XX. En ningún otro momento de la historia, la literatura alcanzó tan altas y consistentes cotas. Hasta la Underwood la literatura era capaz  de premiarnos con una docena de escritores en cada país por generación, y eso en los mejores casos. Si nos centramos en España entre Cervantes y Galdós, apenas un puñado de diez grandes autores españoles. No digamos de Estados Unidos o Francia o Alemania. Pero la Underwood, la Olivetti y la Royal, entre otras, multiplicaron la literatura en cantidad y calidad. Cuando fueron reemplazadas por los ordenadores, la literatura con mayúsculas  se terminó.

¿Quien ha sustituido a Faulkner, Hemingway o Fitzgerald en la literatura americana o a Tolstoi y Nabokov en la rusa o a Thomas Mann o a Oscar Wilde? Admitamos que la literaura contemporanea es pobre porque no necesitamos realizar un gran esfuerzo para escribir. Y quien dice de la novela habla de la vida.  Los guiones de las películas son absurdos, más parecidos a la patochada que a la literatura; los discursos políticos apenas se entienden y la correcta sintaxis y la ligazón se asoman a hurtadillas. Desde que es tan fácil comunicarse, hemos perdido la necesidad de hacerlo bien. Es tan sencillo utilizar muchas palabras para decir algo tan directo, que para qué vamos a hacer el esfuerzo de meditar o reflexionar sobre los que escribimos o decimos si podemos corregirlo o enmendarlo sobre la marcha. Deberían los gobiernos cobrar una tasa por el uso de cada palabra, y así nos veríamos obligados a la economía comunicativa; seríamos más directos; los sentimientos se expresarían de forma mucho más directa y cercana, casi parecerían reales.

En la comunicación tanto oral como escrita hemos perdido el respeto. Queremos usar tantas palabras que admitimos los errores tipográficos u ortográficos como un coste asumible de la transmisión del pensamiento; hemos llegado a creernos que todos podemos ser capaces de comunicar y de transmitir lo que sentimos, nuestras convicciones u opiniones políticas; pero no nos damos cuenta que a medida que es más fácil la transmisión, menos necesitamos elaborar nuestras creencias o sensaciones. Y cuando pretendemos reducir el mensaje para llegar de una forma directa, lo hacemos de la manera más burda. Pasamos de ladrillo al eslogan sin solución de continuidad; sin ningún esfuerzo de comprensión, simplemente con un poco de destreza podemos escribir una frase lapidaria en cinco segundos y nos quedamos tan anchos.

El fin de las Underwood nos ha dejado sin el gran instrumento de la comunicación; nos ha conducido a una literatura para la que todos servimos; para escribir una novela y venderla solo hace falta tiempo y un editor amigo; lo demás te lo ofrece el corrector; la www.rae.es; wikipedia y algunos blogs que nos enseñan aquello que muchos ya olvidaron: sujeto, verbo y predicado. 

Para disfrute nos queda la amplia biblioteca de novelas que se apilan en casa. “Fiesta”, "Absalon Absalon", “A sangre fría", "El gran Gatsby", “Las uvas de la ira", “Rebelión en la granja", "Crónicas marcianas", "Madre coraje", "Historia de una escalera", “El Jarama”, “Lolita", "El extranjero", "Ciudadano Kane", "Los cuatro jinetes del apocalipsis"; “Un millón de muertos", “La colmena”, "Muerte de un viajante”, "Trópico de Cáncer”, "Las crónicas de Narnia". Los hijos de las underwood sí que son inmortales, ¡ Qué envidia¡







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