jueves, 29 de marzo de 2018

Cuando Castilla era el centro del mundo

En estos años de escaso y acomplejado orgullo nacional, parece que queramos obviar incluso aquella brillante parte de la historia en la que el sol no se ponía en el imperio español. El dos de febrero de este año se celebra el quinto centenario de la incorporación de América a la corona de Castilla, aprobada por las Cortes en Valladolid. En cualquier otro gran país con pasados imperiales, y que se cuentan con los dedos de una mano (y sobran dedos), un hecho de esta magnitud y trascendencia hubiera sido motivo sobrado de celebración, fastos, ciclos de conferencias y reuniones internacionales de alto nivel; incluso a paradas militares.
Pero España reniega de su historia. Se empeña en ser pequeña y olvida la épica que supuso que una partida de desgarramantas, olvidados de la tierra y nacidos en la España profunda se metieran en unos cascarones a cruzar el atlántico en busca de gloria. No importaban las tempestades, los huracanes, el clima o las alimañas; la ambición castellana no tenía límites, ni siquiera los que Dios nos había impuesto durante siglos creando un Mar tenebroso, más allá de la Torre de Hércules.
Ahora España es un país donde sólo desfilan los enemigos de España y no sus soldados; una nación, o algo parecido, donde sólo se celebran actos políticos sin mayor trascendencia que glorificar una idea diminuta que, en manos de voceros populistas, pretenden convertir en dogma. Donde la autoridad se cuestiona, cuando no es cómplice del delito. Y donde la política no se basa en acometer grandes hazañas, sino en pasar desapercibido, a la recachita, sin asomar la cabeza, no vaya a ser que un compañero se la corte por indolente.
Hubo un tiempo, hace ahora quinientos años, en que una reina se alió con un mercachifle genovés en una pobre Castilla, mísera y sin recursos. La reina envió al genovés a cruzar el océano donde bestias inmundas esperaban para tragarse a cualquier incauto que osara cruzar los mares. La Católica desafió al Dios de su época por hacer más grande a Castilla. Porque esta tierra de grandes planos de tierras ocres, con pequeños ríos escoltados por álamos y chopos, durante un siglo que llamamos de Oro, lideró el mundo. No fueron alemanes ni franceses los que llegaron desde Veracruz a Tenochtitlan; ni ingleses los que, desde Cartagena de Indias, bajando el rio Magdalena llegaron a conquistar imperios con más extensión y antigüedad que la propia corona castellana, y apenas con un pelotón de hombres, recios y valientes, como pocos. Fueron estos españoles los que llegaron hasta la Antártida y el Ártico, desde el Atlántico al Pacifico, y de ahí saltaron a las Filipinas en nuestras antípodas. Y no con los galeones del siglo XVIII, ni con el tren o el avión; sobre todo andando y a caballo con pesadas armaduras y con espadas y arcabuces.
La incorporación a la corona de Castilla de América tenía sobre todo un objetivo, dotar a todos aquellos territorios de las leyes y los derechos de Castilla. Mientras que otros imperios hicieron de la esclavitud su modo de vida, la corona de Castilla apenas recién iniciado el descubrimiento prohibió esclavizar a los indígenas y les otorgó el derecho de ser propietarios de sus tierras. Pero ya España desde entonces barruntaba las causas de su crisis; que las leyes no se cumplen porque el estado era incapaz de extender su ley y poder a más allá de cincuenta leguas de sus palacios donde habitaban sus monarcas. Un tiempo en el que en palacio era más escuchado fray Bartolomé de las Casas defendiendo a los indígenas, que Hernán Cortes defendiendo su conquista.
Es cierto que grandes tropelías se cometieron por hombres de tan diversa condición, pero no tanto en la conquista sino en la explotación de aquellos territorios por los que se convirtieron con el tiempo en la nueva clase dirigente, de origen europeo, algunos de los cuales hoy se visten de indigenistas, cuando fueron sus ascendientes los que cometieron grandes injusticias. Pero en la historia de los imperios, si lo comparamos con el mongol, el romano, el persa, el inglés o en mucha menor medida el francés y no digamos el belga, podemos afirmar sin sonrojo que la conquista española de América tiene muchos más claros que sombras.
Castilla llevó su lengua a medio mundo, y hoy gracias a esta increíble aventura mil millones de personas en todo el mundo hablan nuestro idioma común. ¿Qué sería España hoy en el mundo sin este hecho de extraordinaria trascendencia?; no sería nada; si no hubiéramos conquistado América y llevado nuestra cultura, hoy nuestro país no existiría.
Castilla fue quien, entre los restos de guerras de reconquista interminables, daba a luz a Cervantes, Lope de Vega, Velázquez, Góngora, Quevedo; Castilla atraía a artistas de medio mundo como el Greco. En la universidad de Castilla, que celebra ahora su octavo centenario, nació el derecho de gentes, el que regula las relaciones entre los países, por mucho que un tal Grocio quiera arrogarse su paternidad. Fue Castilla donde nació la teoría monetaria moderna; o sea la economía; donde se redactó la primera gramática y también donde la primera mujer profesora de la historia de la humanidad dio clases. Todo eso ocurrió en esta seca y fría Castilla, que hoy también está cubierta de nieve igual que aquel día de febrero en que las Cortes en Valladolid decidieron, cuando ni siquiera eran capaces de adivinar la trascendencia de su decisión, convertir a Castilla en el reino más grande y rico del mundo.
Ahora que se esparce la idea de la España negra, alegando de las incapacidades de reyes y nobles para gobernar estos territorios, debemos reivindicar a aquellos monarcas, emperadores como Carlos I, al cardenal Cisneros del que también celebramos el quinto centenario de su fallecimiento, y un largo etc. de prohombres que lideraron este proyecto de universalidad castellana.
Castilla lideró España y el mundo durante más de un siglo, precisamente cuando la modernidad se imponía sobre la oscura Edad Media; el pendón de Castilla se clavó por los campos de Italia, por Flandes y medio Europa, y también en Orán y en Filipinas y en la Guinea. Castilla dispuesta a enfrentarse en guerra sin cuartel contra Francia e Inglaterra cuando éstas eran las más grandes naciones del mundo conocido y a llevar el cristianismo y su lengua a todos los rincones del mundo.
Los castellanos nunca fueron bien tratados por sus gobernantes, más dados a conceder privilegios a los de fuera que a los propios. Precisamente esto les hizo acometer grandes aventuras. Castilla se extendía desde Guetaria, la patria de Juan Sebastián Elcano, que hace quinientos años, el año que viene, también inició la primera travesía alrededor del orbe. Y Oñate, la patria del loco Lope de Aguirre hasta la tierra dura de Pizarro, Pedro de Valdivia y Hernán Cortes y hasta el extremo sur jerezano de Alvar Núñez de cabeza de Vaca que desde la Florida llegó hasta California, en otra aventura épica digna de Hollywood. Lo único que le ha faltado a España para haber mantenido esta grandeza fueron Samuel Goldwin y John Ford.
Imagino que este quinto centenario no agradará a todos estos líderes populistas y genocidas que hoy gobiernan en algunos países, como en la querida Venezuela, pues es lo que hay. La historia es la que es, por mucho que nos pese o nos disguste, y hubo un tiempo, hace ahora quinientos años, que Castilla emprendió una de las aventuras más apasionantes y determinantes de la historia de la humanidad.
Por eso ahora que algunos sacan pecho de un plan Moncloa para acabar con el secesionismo; o cuando los negacionistas de España pretendernos convencernos de que no somos nada ni nadie; cuando los populistas pretenden exaltar las miserias humanas para sacar rédito político y cuando los nacionalistas pretenden reinventar la historia para empequeñecer los grandes logros de Castilla que es España, como lo es Cataluña, Canarias, Cartagena y Galicia, debemos tener claro que nuestra fortaleza, la que nos permite resistir siglo tras siglo a los que pretenden destruir esta realidad nacional, es este pasado común, esta épica española destinada sólo para grandes hombres, los que ha dado esta tierra durante generaciones. Con todas sus sombras y con todas sus tragedias que son muchas, pero con toda su grandeza y transcendencia.

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