domingo, 29 de julio de 2018

¿Qué es ser liberal conservador hoy en día?

¿QUÉ ES SER LIBERAL CONSERVADOR HOY EN DÍA?

La llegada de Pablo Casado a la presidencia del Partido Popular ha sido examinada por muchos amigos y enemigos, como una vuelta a los principios que fundamentan ideológicamente al centro derecha español, sin llegar a explicar de forma acertada, a mi juicio, en qué consisten esos principios.

Si tuviéramos que buscar unos referentes filosóficos relativamente modernos, deberíamos retrotraernos a Hayek que formuló su obra magna “Camino de servidumbre” en 1944; Karl Popper que escribió “La sociedad abierta y sus enemigos” en 1945,  y en el continente a Raymond Aron con su “Democracia y totalitarismo” en 1965  e Isaiah Berlin, con su excelente artículo “Dos conceptos de libertad” en 1958. Seguramente una amplia panoplia de políticos conservadores y liberales internacionales encontrarían en estos impresionantes generadores de conocimiento y teoría política, las bases para definir una política liberal conservadora.

Pero pretender que las bases y modelos desarrollados por estos ideólogos tienen una validez absoluta hasta el punto de enmarcar una acción política determinada en el siglo XXI, es un ejercicio inútil. Hayek y sus compañeros de viaje han muerto; sus bases económicas y sociales sobre las que asentaron sus doctrinas han desaparecido; lamentablemente genios de semejante magnitud no deberían morirse para conocer qué dirían hoy en día, pero el mundo del siglo XXI se parece menos al de 1945 que el de 1945 al de 1798.

Frente a los movimientos comunistas que extendieron su influencia desde los años veinte hasta finales de los ochenta y que ayudaron a fortalecer la ideología de la democracia liberal; y contra las políticas sociales de corte socialdemócrata desarrolladas en Europa para atender a las crecientes necesidades sociales, o dicho de otra manera, para defender las democracias frente al comunismo, resultaba fácil justificar modelos de preservación del libre mercado como ocurrió  con Hayek. Asimismo la defensa de la libertad individual como valor supremo, en el caso de Popper, con sus matices, como no podía ser de otra manera en un filosofo político, o en Aron que era capaz de hacer confluir el liberalismo con las políticas socialdemócratas del general De Gaulle, simplemente porque se basaban en un concepto de autoridad que siempre ha fascinado a una parte de la derecha sociológica.

Conceptos tan difusos como justicia, igualdad o libertad han dado mucho juego en la historia. Nada más polisémico qué ser liberal. Ser liberal en Estados Unidos es ser casi comunista y en Europa es la derecha reaccionaria. Por ello, por mucho que los ideólogos de la igualdad como Dworkin, Rawls o Piketti, quieran justificar sus modelos sobre las bases de la ideología liberal, yerran al poner el énfasis en las condiciones para la libertad más que en la propia libertad, de manera que por la igualdad se podría teóricamente sacrificar la libertad con el fin de corregir situaciones de injusticia, otro concepto manoseado, distributiva, y esta es una máxima en la que el liberalismo conservador no debe caer; ninguna corrección de injusticia justifica sacrificar la libertad.

No se trata ahora de hacer un compendio de los cambios sociales, tecnológico, políticos, económicos que se han producido desde las ultimas obras de estos gigantes pero el mercado, libre o no, que conoció Hayek, desapareció; la socialdemocracia abrazó la mayoría de los postulados liberales, y lo que es más significativo, en nombre de Hayek, Popper y Aron, se han realizado las mayores intervenciones gubernamentales en la política y en la economía, por las que las tumbas liberales deben estar retorciéndose.

Debemos asumir que la democracia no es posible sin el libre mercado, y que el libre mercado no puede vivir sin democracia bajo ningún concepto. Los países del capitalismo salvaje, ni defienden el libre mercado ni son demócratas. En definitiva, libre mercado y democracia representativa van inexorablemente de la mano, y en consecuencia el respeto a la ley, la división de poderes, el libre mercado y la elección democrática de gobiernos son los pilares del liberalismo, cualquiera que sean los matices que se le quieran aplicar. Donde no hay libre mercado no hay democracia, por muchos votos que se echen en las urnas.

Otro concepto liberal que fenece es la soberanía, que ha sido durante doscientos años el marco básico de los desarrollos políticos. El primero en percatarse de esta realidad fue Marx con el objetivo de su revolución planetaria; que en el fondo pretendía una única soberanía del proletariado, asumiendo que éste colectivo tuviera algo que ver en la gestión del imperialismo soviético y chino del último siglo. La soberanía nacional cede frente a la globalización y frente a las instituciones multilaterales. Las cesiones de soberanía a favor de la OTAN, Banco Central Europeo, Naciones Unidas o Comisión Europea, son ejemplos de que los gobiernos nacionales están perdiendo peso frente a los colectivos plurinacionales. Este debe ser un concepto diferenciador básico con los populismos y el alt right que se agarra como a un clavo ardiendo a la soberanía nacional como un marco de referencia que pueden controlar y manipular. Las relaciones internacionales tienden a ser un juego de suma cero, pero en los que siempre hay perdedores y ganadores, y los populistas pretenden exacerbar el bando perdedor de la globalización y azuzarle con los miedos de la inmigración y de la multiculturalidad. Si el Partido Popular pretende enarbolar esta bandera, se estará confundiendo, ya que irá contra la inexorable corriente de los acontecimientos.

Los propios nacionalismos, se abrazan a los postulados clásicos liberales de soberanía y del poder de los ciudadanos frente a las instituciones enemigas. El centro derecha debe alejarse de los postulados que abrazan los nacionalismos excluyentes, que por mucho tufillo izquierdista que parezcan mostrar, en el fondo son movimientos de corte fascista totalitario. Torra, Puigdemont, Junqueras se sentirían tremendamente sintonizados con Benito Mussolini y con Franco aunque decir esto pueda parecer una blasfemia que se oculta para evidenciar sus verdaderos intereses. Pero el nacionalismo de banderas, cruces y lazos tienen numerosos y tenebrosos antecedentes en Europa.

La defensa de la unidad de España no tiene una base constitucional o de soberanía nacional; esto es tanto como suponer que la unidad nacional es disponible en un determinado momento por los habitantes de una determinada generación que estarán influenciados por los acontecimientos que le han tocado vivir. La unidad de España se basa en un proceso histórico de decisiones colectivas a lo largo de la historia que ni se puede alterar sino es por grandes catarsis, que es como se han construido las naciones.

La división de poderes es otro pilar del liberalismo, y quizás uno de los principios que mejor le diferencian de la izquierda que siempre ha recelado de que poderes fuera de control puedan determinar la política, y de ahí la esforzada y continuada intervención de los gobiernos socialistas en el control de la justicia que también ha sido compartida por los gobiernos republicanos en Estados Unidos, los conservadores puros. Los liberales deben confiar en la capacidad de los ciudadanos para regir sus destinos y que lo hagan ateniéndose a unos imperativos morales y éticos. Precisamente la división y el equilibrio de poderes son la mayor garantía de que la democracia pervivirá.

Existen otros dos principios que no quisiera dejar de abordar, y sobre los que la izquierda ha construido una teoría de tergiversación para diferenciarse de los movimientos comunistas y de la derecha liberal conservadora.

La primera es la teoría de los fallos del mercado para justificar la intervención gubernamental en la sociedad y en la economía. El mercado no puede tener fallos ya que no actúa ni se inmuta, es el marco sobre el que nos desarrollamos como nación, pueblo, empresa o trabajador o como queramos llamarlo. Y como el mercado sólo puede ser libre para que se den las condiciones de un libre y competitivo intercambio de bienes y servicios a unos precios justos para las partes, debemos concluir que la intervención del gobierno, que no del estado, que tampoco actúa ni se inmuta, no se justifica por supuestos fallos en la correcta asignación de recursos, de bienes o de derechos. Que el gobierno sea propietario del 20% de Indra, o que tenga una empresa para infraestructuras agrarias o que distribuya subvenciones a la agricultura, o que provea de sanidad universal no es consecuencia de unos fallos del mercado, sino de una decisión política que ya es una constante; a los gobiernos les encanta manipular y dirigir la economía y los servicios públicos porque precisamente en el fortalecimiento de la institución gubernamental, la política y los partidos adquieren un peso gigantesco sobre la sociedad.

Sin embargo, el liberalismo del siglo XXI no puede ser un club de privilegiados; la libertad es un derecho universal que requiere de dos condiciones: capacidad de elección y eliminación de restricciones al ascenso social, con independencia de las circunstancias sociales, políticas, geográficas o individuales. Por tanto, la igualdad debe ser una bandera del centro derecha como fundamento de la libertad. Frente a una izquierda que quiere crear desigualdades para beneficiar a los colectivos menos favorecidos, lo cual es una falacia, el centro derecha debe abogar por un radicalismo de la igualdad de derechos y de obligaciones, superando a la izquierda en objetivos ligados de forma sólida al liberalismo como la igualdad de género y el respeto a la diferencia.

Finalmente, el centro derecha debe contribuir al fortalecimiento de las instituciones intermedias, colectivos sociales, administraciones territoriales, en especial a las distintas formas de familia que hoy conviven en nuestra sociedad. El liberal conservador debe ser un luchador infatigable contra la tesis de que debemos confiar más en el gobierno que en las empresas o en los sindicatos o en las asociaciones no gubernamentales. Las sociedades modernas siguen sobrevalorando la capacidad de los gobiernos y subestimando el tremendo papel de los estados. Frente a más gobierno, el centro derecha debe abogar por más estado.

Se ha extendido la creencia de que sólo lo que es controlado por la política funciona; que un medico con un sueldo del estado es más eficiente que uno privado, cuando en muchos casos confluyen ambas circunstancias en las mismas personas; o que un profesor público está más preparado que uno privado, y esto ha provocado un proceso de engorde del estado que ha ido acompañado de más corrupción y más gasto público. Pero esta pelea no es fácil ya que confluyen los intereses de los que quieren seguir teniendo un sueldo público con los de los políticos que desean seguir nombrando responsables de televisiones, hospitales, colegios y sociedades estatales en base a supuestas lealtades partidistas. Esto no significa deslegitimar a los funcionarios sino dar el beneficio de la duda, al menos, a los que no lo son.

Sin embargo, son muchos los retos que tienen los gobiernos en el mundo que requieren de nuevas soluciones: el problema de la deuda pública es de una magnitud inmanejable, pero vivimos en un mercado que ya no podría vivir sin gobiernos que acudieran a ellos a solicitar billones de euros y dólares todos los años para financiar sus déficits; volver a la senda del superávit es inexcusable, y es una acción que la derecha sólo ha sabido hacer cuando las condiciones económicas eran muy favorables. Existen dos vías para acabar con el déficit, que es el mayor lastre que tienen los colectivos más desfavorecidos, ya que sitúa sus prioridades en un lugar muy secundario al tener que atender las obligaciones financieras del estado con preferencia a otras necesidades; cada vez que el gobierno quiere vender que más déficit es más gasto social miente, no hay política más social que gastar menos de lo que se tiene. Esto puede hacerse subiendo impuestos, lo cual es siempre delicado por las teorías de Laffer y el impacto en el crecimiento económico, o gastando menos, lo cual implica tomar decisiones de dónde recortar, que no es nada fácil cuando el 85% del gasto público es social y de deuda.

Financiar déficit con crecimiento requiere tener una estructura económica que justifique que más riqueza en manos de consumidores y empresas generará un crecimiento estable a medio y largo plazo sin generar tensiones inflacionistas. Si éste fuera el caso, bajar los impuestos personales sería un elemento de enorme incentivo económico.  Las reducciones de impuestos deben llevar elementos correctores en término de gasto, si no, es como jugar a la lotería. Y aquí volvemos al principio inicial; sólo cuando el mercado libre funciona es posible que la decisión del consumidor con más recursos sea consumir más y por tanto haya un ciclo inversor que genere empleo y riqueza. Si el estado necesita recursos para financiarse del sector privado y se genera una tensión inflacionista, la decisión del consumidor/inversor será invertir en la deuda del estado, y por tanto el efecto será pernicioso.

Debe terminarse con una falacia muy extendida de que los servicios sociales son gratis porque los pagan los ricos, que son como un cuerno de la abundancia, que provoca que pedir y obtener del gobierno parezca gratis; pero no lo es. No hay más que ver el tamaño de los contribuyentes medios en nuestro país para darnos cuenta de que éste es un país sostenido financieramente por clases medias y trabajadoras. Hemos llegado al error de pensar que un sueldo de 50.000 euros es de clase alta, cuando el problema es que éste es el sueldo de un administrativo en Alemania. No es que sea mucho dinero, es que todavía somos muy pobres en comparación con Europa. Así que tengamos mucho cuidado con subir las tasas, los impuestos a la banca, a las tecnológicas, a los tramos altos de sociedades y renta; porque en este mundo global las empresas pueden hacer las maletas e irse a pagar impuestos a otro lugar o bien trasladar los nuevos impuestos a sus precios, por lo que acabarán siendo pagados por la mayoría de la población que está por debajo de esos 50.000 euros años de renta bruta anual; estoy convencido de que Zara no paga comisiones bancarias.

Si el centro derecha quiere ganar en España debe enterrar con honores a Hayek, Popper, Aron, salvar sus principios, y buscar mecanismos que los preserven en el mundo del siglo XXI, que estarán muy lejos de los que los gigantes del liberalismo definieron desde Adam Smith hasta los nuevos austriacos. Debe ser capaz de atraer a la derecha conservadora pura que se siente atraída por modelos clásicos más autoritarios y a la socialdemocracia que va a desaparecer de la mano de Pedro Sánchez en España; ésta es la fórmula del éxito, siempre y cuando no se cometan errores de bulto como en el pasado, que harán inútiles los principios.